viernes, 1 de febrero de 2013

Corrupción. Mentira. Codicia.


Corrupción. Mentira. Codicia. 
No sólo las vemos, sino que nos gobiernan y las sufrimos. 
Aún con todo nos atrevemos a decir que la Biblia es un libro viejo. Una monserga pasada. Un cuento infantil. Un mito infeccioso. Leemos sus palabras y nos lanzamos a afirmar que son mandamientos de un dios enfadado que se deleita en el castigo y la prohibición. Pero más nos valdría reconocer nuestro error y abrazar sus principios. Algunos de ellos sanearían nuestras vidas, producirían sanas conductas y generarían paz de lo alto. Paz verdadera. Paz social. Paz del corazón. 
“No robes”. 
“No mientas”. 
“No codicies ninguna cosa que no te pertenezca” (Éxodo 20).
Creo que a Dios le importa bien poco el nombre de tu Religión, porque “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”; o la Política, pues “su reino no es de este mundo”. Pero sé que está profundamente interesado en las Relaciones, ya que “este es el resumen de la ley: ama a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5:14); y en las Personas, quienes “deben velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás” (Filipenses 2:4).
Estos “divinos consejos” son un mensaje relevante. Una necesidad presente y actual. Protección para el desvalido y el entendido. Refugio para el débil y el poderoso. Justicia para unos y otros. Amor para todos. 
Mientras tanto, “manteneos firmes y aguardad con paciencia la venida del Señor, que ya se acerca. ¡El juez ya está a la puerta!” (Santiago 5).

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